¿Se estan volviendo los franceses unos meapilas? (2a Parte)


Ja és aquí la segona part de l’anàlisi que Andreu Coll ens fa de la situació dels drets civils, l’Esglèsia Catòlica i el context social que viu França. Som-hi!

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Una Iglesia Católica en busca del martirio, unas asociaciones LGBT aún  convalecientes y una presidencia timorata son los ingredientes principales del coctel de homofobia que se ha visto por las calles de Paris. Quedan sin embargo unas cuantas especias para darle el toque final.

Empezando por los medios de comunicación.

Cuando en el 2006 Alessandra Mussolini lanzó aquello de “Meglio fascista che frocio” (mejor fascista que maricón) bajo los aplausos del público de Porta a Porta (el portavoz oficial del Berlusconismo), se abrió la caja de pandora de la escalada homofóbica en la tele italiana, y se cerró definitivamente la puerta a cualquier tipo de avance legislativo en meapilaslandia.

En este aspecto tuvimos suerte en España. Un viejo militante me contaba que el movimiento de liberación LGBT se estructuró en España al mismo tiempo que una nueva generación de políticos, sindicalistas y periodistas llegaba a ciertas posiciones de poder los medios de comunicación, una generación que había conocido la clandestinidad y que tuvo más simpatías por aquellas locas en tacones que gritaban en Plaça Reial cosas raras sobre el heteropatriarcado que sus equivalentes italianos o franceses, bien instalados desde 1945.

Y en el 2004 aún no existía la TDT e Intereconomía…

En Francia los medios querían espectáculo. Sarkozy era una verdadera camera whore, una Belén Esteban de la política, pan bendito para la audiencia de los programas de debate y sátira. Y va y llega el gris y aburrido Hollande. “La Présidence normale” era su eslogan supersexy. Y si ya no pueden hablar de los cotilleos y rencores de los dioses del Olimpo político, ¿de qué van a hablar los medios? ¿De la desindustrialización y el cierre de Mittal-Arcelor? ¿Del paro? ¿De la sumisión absoluta a los intereses económicos alemanes?

Mucho más fácil encontrar a una friki como Frigide Barjot, especie de cruce entre Tamara y Rouco Varela,  que viste con sudaderas rosa-hipster y sabe hablar mirando a cámara, la conviertes en una especie de Pasionaria 2.0 de la cruzada en favor de los niños, y bingo, ya tienes la audiencia a mil.

El día en que Francia lanzaba su ofensiva en Mali, BFM TV, primera cadena de información continua, dedicó un especial de 24 h a la manifestación en Paris en contra del matrimonio gay. Creo que con esto queda todo dicho sobre su estrategia de distracción e espectacularización.

La extrema derecha.

El Front National ha jugado un papel más bien discreto en todo este asunto. Las malas lenguas dirán que al igual que Pim Fortuyn en los Países Bajos, o Haider en Austria, el entorno de Marine Le Pen rebosa de maricas fachas que fantasean con los gloriosos tiempos de las SA del muy faggot Ernst Röhm.

Sin ir tan lejos, Marine Le Pen está gestionando hábilmente una popularidad creciente, que puede llevarla a jugar un papel clave en los años vinientes. Desde hace 30 años, el FN ha ido creciendo lenta pero inexorablemente,  a la sombra de la constitución de la Vª república, probablemente la menos democrática de Europa, pensada para asegurar la gobernabilidad en pleno traumatismo de la guerra de Argelia, y glorificar la figura del Presidente, este hombre providencial que de Napoleón a De Gaulle viene a redimir a los franceses del pecado original de haber guillotinado a Luís XVI. Una constitución que ha permitido que el FN, pese a representar al 20 % de los franceses, no tenga casi peso institucional, luego no deba nunca rendir cuentas.

Con la llegada a la cabeza de la heredera Le Pen, pretende pasar de ser un partido de oposición a un partido de gobierno.  Dos ejes vertebran este aggiornamento teórico y práctico. El primero es convertir el racismo sentimental que les sirve de motor en una defensa de los valores laicos de la república contra los ataques del Islam. El segundo es situarse sistemáticamente fuera de los debates entre izquierda y derecha, calificados de chou mediático que solo interesan a unos cuantos privilegiados parisinos. Lo mismo con el matrimonio gay, un problema de ricos para ricos que no merece la menor consideración.

 La extrema izquierda

También la izquierda del Partido Socialista se halla en pleno aggiornamento. Dos partidos clave del panorama político desde el 68, los trotskistas de la LCR y los más ortodoxos del PCF, iniciaron en el 2007, tras la victoria de Sarkozy,  un proceso de transformación y apertura, que culminó en las presidenciales 2012 con las candidaturas respectivas del NPA y del Front de Gauche. Lo menos que se puede decir es que con un resultado del 12 %, el Front de Gauche le ganó la apuesta a su eterno adversario. Seguramente los trotskistas del NPA, más en contacto con las asociaciones feministas y LGBT,hubiesen dado más guerra en los debates en torno al matrimonio gay. El Front de Gauche y su núcleo duro del PCF  se ha contentado con el mínimo sindical. Y ni siquiera, un diputado comunista ha incluso votado en contra de la ley. Esta reticencia halla su base teórica en la distinción que se hace constantemente en Francia entre los problemas “sociaux”, o sea sociales, ligados a las estructuras socioeconómicas, y los problemas “sociétaux”, o sea de sociedad, ligados a las mentalidades y los modos de vida, (aborto, matrimonio gay, racismo, etc.).  La distinción cojea por todas partes, pero permite a algunos afirmar que la verdadera izquierda solo debería preocuparse por los problemas sociales, y que los problemas de sociedad sólo son parches utilizados por el PS para darse una conciencia de izquierdas. Pero qué le vamos a hacer, a la extrema izquierda francesa siempre le ha faltado una buena dosis de anarquismo y de libertarismo (movimientos con una influencia mínima en el país vecino).  Durante demasiadas décadas giró en torno al ortodoxo y disciplinado PCF, poco dado a experimentos raros y mucho menos a mezclarse con locas con tacones y otra gente de mal vivir.

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