¿Se estan volviendo los franceses unos meapilas? (1a parte)


Dutchman Wilfred de Bruijn and his boyfriend Coudert, with battered and bruised faces, pose outside a cafe in Paris

Ahir França va entrar a la llista dels estats que reconeixen el matrimoni homosexual. Però la notícia que ens arriba és la d’una França on no només hi ha protestes contra el matrimoni gay, sinó on han aparegut brots de violència contra el col·lectiu, locals i associacions LGBT. Volia parlar-vos del tema, però he cregut de nou necessari recòrrer a la Ploma Convidada. Aquest cop li he demanat a Andreu Coll -Doctor en Filologia Hispànica- i qui ha viscut durant 12 anys a França que ens expliqui què està passant al nostre veí del nord.

Aquesta és la primera entrega. Disfruteu-la!

Wilfred de BruijnLa foto acaba de dar la vuelta al mundo. La cara desfigurada de Wilfred de Bruijn tras la brutal paliza que le dieron a él y a su novio, no en alguna especie de Tejas galo, algún pueblecito Saint Quelquechose perdido entre viñedos, sino en los elegantes bulevares parisinos. Un suceso aislado, que no hubiera saltado de la columna de breves, si no se inscribiera en un malestar francés más general que el mundo ha empezado a vislumbrar con los debates sobre la ley del matrimonio gay, aprobada por fin ayer entre aplausos y abucheos.

Lo menos que se puede decir es que estos no han sido especialmente sosegados. Y como a pesar de sus intentos de abrir la contestación a otros sectores más cool y guay y modernos, el eje vertebrador del No al matrimonio gay sigue siendo la Iglesia Católica y la derecha tradicionalista, llegamos inevitablemente a la pregunta de si la Francia laica, liberté égalité fraternité y tal, no se estará volviendo un país de meapilas conservadores…

Lo bueno para contestar a la pregunta es que aquí en España ya sabemos de qué va la película, y que solo tenemos que repasar la lista de los protagonistas principales para entender por qué este remake no ha sido fiel a la original. Ahí van pues, en orden de importancia, los jugadores de este round:

Evidentemente, en primer lugar, la Iglesia Católica.

Tan feos, casposos, raritos, endogámicos, castrados y místico-histéricos como los de aquí. E incluso diría, aunque parezca imposible, AUN MÁS RAROS QUE AQUÍ.  Probablemente, porque a pesar de las infinitas similitudes, a nivel de la auto-percepción la Iglesia española pertenece al bando de los vencedores del siglo XX y la francesa al de los vencidos. Cuando en 1905 el Partido Radical decidió separar definitivamente la Iglesia del Estado, arrancando los crucifijos de las aulas aunque fuera pasando por encima de las monjas encadenadas a las puertas de las escuelas, creó un trauma original en los católicos franceses. De ahí su gusto inmoderado por la retórica del martirio, por ponerse en situaciones en que van a recibir como sus lejanos ancestros en el circo romano, y por la escenografía pública de su masoquismo, en grandes performances como esas misas en la calle por la salvación de los fetos abortados, que acaban sistemáticamente bajo una lluvia de huevos y tomates, lanzados por militantes feministas, que los fieles reciben estoicamente cual prueba enviada por el Señor.  En definitiva, una Iglesia algo más underground, luego más hardcore, más perturbada y más combativa.

Las Asociaciones LGBT.

Poco se ha recordado durante los debates, pero el antaño dinámico y provocador tejido asociativo LGBT francés es, o al menos fue durante una década, un campo de ruinas. Conflictos de egos y de estructuras, larvados durante años, cristalizaron a finales de los 90 en un gran sicodrama colectivo en torno al tema del Bareback. Peor, mientras el mundo asociativo se convertía en campo de batalla, un célebre y poco escrupuloso presentador francés calculó su potencial en morbo y ofreció este genuino culebrón de sufrimiento marica a toda Francia en Prime Time. Y la historia acabó mal. Algunos (demasiados) de sus protagonistas murieron, ya que lo siento mucho, Guillaume Dustan, pero el Sida sí existe. Otros, sintiéndose eternamente ofendidos por el trato recibido, cerraron la barraca, tiraron la llave y se exiliaron a alguna granja en el culo del mundo, como el muy mediático Didier Lestrade, que desde entonces se dedica a escribir innumerables artículos rebosantes de hiel y amargura sobre lo pijos, acomodados y reaccionarios que son los maricones de hoy en día comparado con su generación que molaba tantísimo. Tal vez. Pero sin duda no ayudó su salida de escena a lo Drama Queen, en lugar de apechugar, quedarse, y servir de correa de transmisión de su savoir-faire militante a las nuevas generaciones, que se encontraron con unas asociaciones que ya no eran más que cáscaras vacías y con las que no sabían qué hacer.

La timorata presidencia de François Hollande.

A la interminable lista de los decepcionados por Hollande en menos de un año, habrá que añadir a los gays y lesbianas.  Pero qué esperaban de los socialistas? Que su victoria electoral no engañe, el PS francés es un muerto viviente al igual que el resto del socialismo europeo, incapaz de articular discurso alguno sobre la crisis. Y eso que cuando Blair y Clinton ya habían teorizado y puesto en práctica aquello de la triangulación, de que la ideología es algo superfluo y engorroso y de que poco importa si dices algo y luego lo opuesto con tal de ganar, el PS francés ofreció lo que sin duda será recordado como el canto del cisne de la social democracia europea, con un gobierno Jospin que, por lo menos, fue coherente y honesto. El final de la historia ya lo sabemos. Jospin no pasó a la segunda vuelta en el 2002, superado por Le Pen. En medio del trauma post electoral, los jóvenes socialistas arribistas aprovecharon la ocasión para acabar de liquidar a la vieja guardia paleomarxista que tanto les avergonzaba cuando hablaban con sus camaradas laboristas en la City. Y claro, luego salieron esperpentos como Segolène Royal o François Hollande, puros productos de marketing electoral, cuyas convicciones políticas serían imposibles de definir. También en el tema que nos ocupa, y en el que la posición de Hollande ha ido variando entre lo timorato y lo francamente bochornoso, como cuando se sacó de la manga una posible cláusula de conciencia en el proyecto de Ley que permitiría a los alcaldes que lo desearan no casar a las parejas de mismo sexo. Su falta patente de entusiasmo con esta ley, que sin embargo parecía de lo poco que iba a quedar de su mandato, ha enardecido los ánimos de sus detractores, imaginándose sin duda que la fortaleza no era intomable.

Y en la próxima entrega, los protagonistas segundarios pero ineludibles de esta tragicomedia, a saber, los medios de comunicación, la extrema derecha y la extrema izquierda.

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