1. Vitoria – Barcelona


A finales de julio compriría 70 años y todo que tenía era una silla de ruedas y un ‘quart de pis‘ en la calle de Meer, en la Barceloneta. La pensión ayudaba a que la vida no fuese del todo insportable. Mirando al mar repasó en segundos la história de los veranos de los 60, cuando Barcelona respiraba revolución y una fuerza tan grande como las barrigas de los concejales, mocosos pijos en aquella época y que se lo cargaran todo, pensaba.

Contemplaba con nostálgia a un grupo de niños y a sus monitores de natación, del club de natación del barrio. Miraba los cuerpos jóvenes, fibrados, inmaculados, la fuerza que tenían le traía a la mente los recuerdos del verano del 65, cuando él también era nadador como ellos, tenía sus mismas fuerzas, y hasta fue a unos campeonatos de España.

Fue en Barcelona un verano como este, sofocante y húmedo, el día era como el de hoy: al principio tapado y luego soleado como todos.

Con lo que ganaba en la fábrica se había alquilado un cuarto de piso, el mismo cuarto de piso en dónde vivía ahora, muy cerca de donde trabajaba cargando cajas en el puerto. El almacén no existe, ahora es un hotel. En primavera del 65 le seleccionaron para los campeonatos que organizaba el Club Natación del barrio. Se conocieron compitiendo, él por el club de natación del barrio,  quien lo cambiaría todo por un club de natación cuyo nombre no recordaba por más que lo intentaba. Sí recordaba que era de Vitória, también recordaba la emoción de aquella situación, de que nadie les descubrió jamás, aunque ellos creían que era más que evidente.

En su piso de la Barceloneta se encontraban con la excúsa de hablar, luego por la noche y a escondidas se iban al barrio Chino, donde encontraban un mínimo de tranquilidad. Recordó también cuando él ya no bajó más del coche-cama del Tren Bilbao-Vitória-Barcelona, y que por más que escribía, no había respuesta. Durante un año y medio se encontraban como dos criminales. Se veía a sí mismo como aquellos ladrones de película que huyen de la justícia y por eso deben encontrarse a escondidas del mundo.

Recordaba también cuando fue él quien tomó en tren a la inversa y se presentó sin avisar en Vitoria. Recordaba la impresión que le causó la gran casa aristocrática a la que enviaba sus cartas y la cara que puso al saber que ‘el señor Jesús vive ahora en el Casco Viejo‘.

“¿El señor?”, pensó, “pero si tiene mi edad!”. Sonrió confundido hasta que, mirando el papel garabateado con la dirección del ‘piso del señor Jesús’ cayó en la cuenta que podía haberse casado. Recordaba perfectamente la palidez de Jesús al abrir la puerta con una niña pequeña en brazos, embutido en un traje negro que le sentaba tan bien. Recordó su vértigo al contemplar la escena, mirandose ámbos a los ojos sin decir nada.

Una chica joven, que resultó ser su mujer, le invitó a tomar algo, sonriente. Recordó la sonrisa de la sufrida esposa al decir que conocía a Jesús, su marido, que era el chico de Barcelona con quien había competido y de quien tanto hablaba. ‘Al final me pondré celosa si va a verte tanto!‘, añadió inocentemente ella.

Recordó que Jesús no levantaba la mirada del sielo mientras ella hablaba. La situación se hizo insostenible cuando, para evitar el silencio incómodo, ella hablaba y hablaba como una histérica de su marido, de su prometedor futuro, de que iba a ser adjunto de deportes en la Diputación y quién sabe si llegaría a Diputado por Vitoria siendo él hijo de una familia tan cercana al Generalísimo. “Aquella mujer debió acabar en un manicomio“, pensaba ahora.

Cuando no pudo más, inventó una excúsa y salió por la puerta harto, de regreso a una pensión zarrapastrosa. Al día siguiente cogió el tren de vuelta. Recordó perfectamente, viviendolo como aquel día, la rábia que sentía. Se resignó. Aceptó lo que pasaría a partir de ahora: la historia con Jesús se había acabado.

Conocío a otros hombres, pero ningó volvió a saberle como Jesús. Años después supo algo de él. Ya muerto el dictador su carrera política, prometedora en la Diputación, corrió la misma suerte. El Director de deportes de Vitoria, del que Jesús era su persona de máxima confianza, prefirió acabar sus días de vacaciones en alguna isla caribeña llevandose consigo el poco dinero que quedaba para la sección de deportes. Jesús no sospechó nada nunca. El viento de la historia y el cambio de régimen hicieron el resto. Jesús pasó de ser un joven político prometedor a perderlo todo y a ser un fósil descolocado y pervertido, arruinado, sin mujer y repudiado por sus hijos.

Debían tener ahora la misma edad y debían estar igual de solos, cada uno en su lugar, cada uno preguntándose si de verdad merecían quedarse con tan poco.

3 thoughts on “1. Vitoria – Barcelona

  1. Els indepes nostrats estan eufòrics perquè aquest dictamen corrobora que una declaració unilateral d’independèncica no és il·legal.

    En tot cas, no ho deu ser per al dret internacional, perquè la veritat és que pràcticament tots els Estats del món tipifiquen això en el Codi Penal com a delicte de sedició o de rebel·lió.

    (Es tracta, també, d’un tipus de delicte molt peculiar, ja que només es poden castigar quan fracassen i queden impunes quan tenen èxit.)

    El pronunciament del Tribunal tampoc no és estrany, tenint en compte qui mana a l’ONU.

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