¿Bici? Sí, gracias


Aproximadamente cada 5 años desde 1995 el Ajuntament de Barcelona se saca de la manga un mapa de carriles bici a cada cual más deslumbrante. El camino iniciado por Maragall en 1995 con la inauguración del primer carril bici de la ciudad, el de Diagonal desde F. Macià al Parc de Cervantes marcó el inicio de lo que debía ser un cambio en la manera de desplazarse de los barceloneses.

Quince años después la infraestructura ciclista sigue siendo una estafa al ciudadano. Las políticas de movilidad de la ciudad, encabezadas por la Comissió del Vianant i la Bicicleta, desde sus primeros pasos con Portabella a la cabeza, han encadenado decepciones por tener una manca total de acciones y poder de decisión. ¿De qué sirve plantear un carril bici aquí o allí si al final la decisión la toma una Regidoría de Urbanismo que no está por la labor?

Años después de ninguneo al ciclista, yo mismo empecé a usar la bici en 2003 tras un problema de salud a los 22 años y puedo decir que las cosas han cambiado mucho, aterrizó la gran sorpresa: el Bicing. En 2007 se le daba el impulso más grande conocido hasta entonces a un servicio de bicis públicas. De forma vertigionsa el Bicing pasó de 2’000 usuarios el primer día a los 115’000 de hoy, y se mantiene estable. De estos, 50’000 la usan a diario sumados a otros 60’000 que utilizan una bicicleta privada, resulta en la nada despreciable cifra de 110’000 usuarios/día de lunes a viernes y los 70’000 en fines de semana y vacaciones.

¿Qué hizo el Ayuntamiento? Poner orden o hacer ver que lo ponía. La ordenanza de la bicicleta, aprovada en 2008, es en la práctica papel mojado. En la práctica nadie conoce la normativa porque el Ayuntamiento no se ha molestado en enviarla a los ciudadanos o publicarla más allá de su propia web.

Además, en 2008, tras la aprovación de esta Ordenanza, el Ayuntamiento sacó de la manga otro magnífico mapa de carriles bici proclamando, esta vez sí, que apostava en serio por la bicicleta como una alternativa. Pero dos años después se han hecho notables carriles como el de Urgell, aunque aparece ocupado por vehículos en carga y  descarga día sí, día también. Ni rastro de mejoras o prolongaciones prometidas.

La gestión de la bici en Barcelona se basa, entonces, en la ‘fuerza de la quietud’, en un extraño orden cósmico que hace que la existencia de carriles bici en las aceras (que en el 2000 tenían sentido con 30000 ciclistas/día pero hoy no) no provoquen más accidentes. Hay que cambiar esta gestión, que la lleve gente que ‘se lo crea’, que los carriles bici se hagan donde sean necesarios y no ‘donde sobre sitio’ como ahora.

En un momento de crisis de un sistema basado en la compra compulsiva de coches, del petróleo barato la bicicleta es una gran alternativa al coche en una ciudad en donde el 70% de su población reside en terrenos practicamente llanos. La izquierda ecologista promueve acertadamente este vehículo, pero hay que ir más allá. No nos podemos quedar con un ciclismo de ‘culot y domingo‘, sino que hay que  apostar por ecología, por sostenibilidad y por un cambio de cultura en nuestras calles por este vehículo tan eficiente como barato, e integrarlo en las calles sin agresividad, delimitando sus flujos y, por favor, sacándolo de las aceras para hacerlo circular en donde hay más espacio y donde es natural: la calzada.

¡Más valentía para con el ciclista, por favor!

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